Cómo conocí el Hemi-Sync®

Creative Commons Image: 'Flower Head' http://www.flickr.com/photos/38027221@N08/3658139504

Era el año 2005 y estaba en una fase muy difícil de mi vida. Tras el  horror de perder a nuestro hijo mayor de forma repentina, apenas seis meses después había tenido que asumir el cáncer de mi madre, su duro tratamiento y el fatal desenlace de su muerte, que se produjo finalmente apenas unos días después del primer aniversario de Rodrigo. La vida parecía conspirar en nuestra contra: mi padre se sentía muy solo y triste, la salud de mis suegros se rompió del todo (añádase aquí una serie de ingresos hospitalarios) y nuestra pobre y reducida familia de tres apenas conseguía sobrellevar tanta pena junta.

El shock del asesinato de nuestro hijo nos había causado un fortísimo impacto, no sólo emocional, sino físico y mental (realmente, va todo junto). Y el cúmulo de circunstancias adversas que le siguieron no ayudaba nada a nuestra recuperación.

Se me olvidaban los nombres de mis compañeros de trabajo, no recordaba dónde había guardado documentos importantes, me resultaba muy difícil concentrarme y era una tortura preparar clases o corregir exámenes, algo absolutamente necesario para el día a día en mi oficio. No sólo era el duelo durísimo y doble, también dormía mal, con sueños agitados, y el cansancio me vencía enseguida.

Mi médico de cabecera me había derivado al psiquiatra, pero sólo fui una vez. Era un tipo pedante e insensible que apenas me escuchó  dos frases, rellenó cinco recetas con medicamentos varios, y me aseguró pomposamente: “Eso te lo curo yo en un mes”. Así que acepté un tratamiento suave con mi médico de siempre, pero no quería depender de fármacos para dormir o para calmar la ansiedad subterránea que me acompañaba como una segunda piel.

Un día,  mi querida Marga, una de las nuevas amigas  que había hecho entre los que somos “huérfanos de hijos”, me habló de una técnica estupenda para relajarse con música que me llamó la atención.

La verdad es que yo no estaba del todo convencida,  porque pasarme un fin de semana con auriculares me daba un poco de miedo. ¿Y si no lo soportaba? ¿Y si aumentaba mi fonofobia? Además quería compartir la experiencia con mi  marido y él se mostraba reticente. No quería verse en medio de algún curso esotérico raro, con gente también extraña, y haciendo cosas que no le apetecían en absoluto.

(continuará)