Monroe y sus experiencias extracorporales

“En 1958, sin ninguna causa aparente, empecé a flotar fuera de mi cuerpo físico. No era voluntario. No estaba intentando ninguna proeza mental. No fue durante el sueño, por lo que no podía rechazarlo como simple ensoñación. Tenía plena conciencia, estaba consciente de lo que estaba pasando, que fuera tan claro sólo lo hizo peor. Así que asumí que era alguna forma de alucinación severa causada por algún peligroso tumor del cerebro, un ataque, o una enfermedad mental inhabilitante. O la muerte inminente.

El fenómeno continuó. Y yo no tenía ninguna manera de controlarlo. Solía ocurrir cuando me acostaba o relajaba para descansar, o cuando estaba preparándome para dormir; no siempre, pero sí varias veces semanalmente. Flotaba a unos pies sobre mi cuerpo antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando. Aterrado, forcejeaba a través del aire y para volver atrás en mi cuerpo físico. Estaba seguro de que me estaba muriendo. Intenté cuanto pude, pero no lograba impedir que se repitiera.

En ese tiempo tenía una salud bastante buena, sin problemas mayores o tensiones. Estaba totalmente ocupado; poseía varias estaciones de radio y otros negocios, tenía las oficinas en Madison Avenue en Nueva York, una casa en el Condado de Westchester, y una esposa y dos niños pequeños. No estaba tomando ningún medicamento, no usé ninguna droga, y bebía alcohol en muy pocas cantidades. No estaba involucrado particularmente en ninguna religión, ni era un estudiante de filosofías o disciplinas Orientales. Estaba completamente desprevenido para un choque tan radical.

Es imposible de describir el miedo y la soledad que me asolaron durante estos períodos. No había nadie con quien yo pudiera hablar sobre esto, ni siquiera mi esposa en los días tempranos porque no quise alarmarla. Fuertemente atado en general a la cultura Occidental y la ciencia, me volví automáticamente a la medicina convencional y la ciencia ortodoxa para las respuestas. Después de extensos exámenes y pruebas, mi doctor me tranquilizó confirmando que no había ningún tumor del cerebro ni ningún  factor fisiológico involucrado. Pero más que eso no me podía decir.

En cuanto pude encontrar el valor para hablar con un psiquiatra y un psicólogo, busqué a dos a quienes conocía como amigos. Uno me aseguró que yo no era psicópata, lo sabía porque me conocía demasiado bien. El otro me sugirió años indeterminados de estudio bajo un gurú en India, un concepto totalmente ajeno a mí. Se lo revelé solo a ellos, a nadie más, pues estaba sumamente asustado. Era de pronto un inadaptado a la cultura a la que creía pertenecer, una cultura que hasta entonces admiraba y respetaba.

Pero el instinto de supervivencia es muy fuerte. Despacio, muy despacio, aprendí a controlar el proceso. Encontré que no era un preludio para morir, que podía ser dirigido. Pasó un año completo antes de que viniera a aceptar la realidad de salir fuera del cuerpo ahora familiarmente conocido como OBE. Y solo fue como resultado de unos cuarenta viajes OBE validados, que me daban a mí mismo – y a nadie más – una extensiva documentación, un conjunto de pruebas. Con este conocimiento el miedo retrocedió pronto, para ser reemplazado por algo más exigente como ¡la curiosidad!”

Robert Monroe La última Jornada